La noche de Reyes es la única fiesta de toda la Navidad que me gusta.
Cuando puedo me escapo de Zamora y me voy a Madrid para ver la cabalgata.
Recuerdo las de mi infancia allí con una mezcla de nostalgia y ternura.
Ya nada se parece a aquellas tardes-noches en las que me vestían guapísima con pantaloncitos elásticos de esos de trabillas en los pies, botas, abrigo bufanda y gorro, porque entonces hacía más frío que ahora y las horas de espera enfrente de lo que era la Dirección general de Seguridad en al puerta del Sol, eran un gran esfuerzo.
Madrid era mucho más pequeño y siempre la vi en primera fila como mucho con una hora de espera y toda la alegría y la emoción que puede caber en un alma tan pequeña: TODA
Ahora y por mantener ese sentimiento de felicidad que año tras año y durante toda mi vida nunca me ha abandonado en esta noche mágica, disimulo y pongo de disculpa a los niños de mi casa. Me peleo si es necesario para ser yo quien los lleve y además prontísimo para coger sitio, para poder estar bien cerca de los Reyes Magos cuando pasen.
Bueno pues este año no ha sido posible porque me tocaba guardia en el hospital.
Siempre me toca guardia cuando no quiero (yo casi siempre quiero) estar allí, pero ya asumiendo que no había remedio, me ilusionaba la visita que los Magos hacen a los enfermos.
Llegaron sobre las cinco de la tarde guapísimos vestidos, con regalos, caramelos y una pequeña banda de música.
Los enfermos los recibieron con desidia y hubo que animarlos para que se levantaran del sillón donde dormitaban. Recogieron su regalo con la misma alegría que la medicación que les doy.
Por primera vez desde que trabajo en psiquiatría me sentí vencida, incapaz, inútil.
Yo no tenía que estar allí, no quería.
A las ocho menos cuarto me dieron el relevo y salí zumbando, huyendo en busca de una pastelería para comprar el roscón, para poder llegar a casa lo más pronto posible.
Sólo quince kilómetros para tener más cerca mi Madrid en la noche de Reyes.
Conecté la televisión y sonaba “Imagine” mientras que desde el edificio de correos salían preciosos fuegos artificiales. Me emocioné.
¡Coño, el rey mago negro no es negro, es uno pintado!
¡Ni que no hubiera negros en Madrid, joer! ¡De quien será hijo este Baltasar!
Blá, blá, blá, blá (monólogo despotricante) joer , joer, joer.
Pinché todo el roscón con un cuchillo para intentar adivinar la sorpresa.
Pedí deseos.
Nada ni nadie va a robarme la alegría una noche como esta:
Ni mis “locos”, ni un Baltasar de atrezzo, ni mi soledad hoy
FELIZ NOCHE DE REYES